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Tras los Ojos de… El Vestido

Mi mejor amiga de la infancia no era una chica estándar. Era una niña valiente, muy echada para delante, que jugaba a las "cosas de chicos", y que odiaba el rosa, los vestidos y todo lo que estuviera asociado al típico estereotipo de niña. Consiguió ser LA chica de la clase, la chica guay que podía ir con los niños porque hacía cosas de niños -y se le daban bien- y con las niñas porque era una niña. En otras situaciones, una chica así seguramente hubiera sido la "rara", pero le supo dar la vuelta. Su forma de persuadir -y manipular– me llevó a mí a odiar el rosa, los vestidos y las niñas "repipi", pero yo no era tan buena como ella en "los juegos de niños" ni tenía la suficiente capacidad de adaptación como para estar con las niñas. Y durante siete años de mi vida -de 3 a 10- tuve una única amiga de verdad que me podía tratar de cualquier manera porque sabía que no tenía a nadie más, y que todas las demás alumnas de clase, tanto chicas como chicos, siempre la apoyaban y le daban la razón a ella en todo. Pasada la fase de odiar el rosa y las niñas "repipi", hacia los 12-13, todo el mundo sufría cambios físicos, yo una más. Mi cuerpo nunca había sido delgado, tenía mis "chichas" pero hasta entonces no las había tenido presentes y quedaban monas en las fotos. Pero a los 13 ya no. Cada vez me iba quedando más bajita que las otras, y a todas las demás que les pasaba lo mismo eran pequeñitas y delgadas, muy monas ante los ojos de todos y todas. Pero yo seguía con mis chichas, las cuales me provocaron la auto-prohibición de llevar vestido o cosas "monas" porque mi cuerpo no era suficiente para este tipo de ropa. Y pasé toda mi (pre)adolescencia pensando así, incluso con el maquillaje. Yo no era suficientemente guapa como para maquillarme de forma espectacular, yo me tenía que maquillar para tapar -sin éxito- la rosácea y los granos de pus que venían junto con ella y la adolescencia.


Lo cierto es que a mí nadie me prohibió nunca nada, de hecho, en mi casa mi madre y mi tía siempre han intentado que me sintiera a gusto con mi cuerpo y que me pusiera vestidos o lo que quisiera para salir. En el colegio muy pocas veces se metieron con mi físico –aunque las risitas por detrás nunca desaparecen–, pero tu propia mente te manipula y te hace dudar de ti misma. Solo viendo los anuncios, las películas y la series donde todas eran guapas, altas y esbeltas y tu te mirabas al espejo y pensabas "no me parezco nada a ellas" –claro, porque eran mujeres de 20 y pico o 30 haciendo papeles de niñas de 15 años–, o veías como a tu alrededor los halagos iban para aquellas chicas que parecían muñecas sacadas de su caja, y no hace falta que nadie te diga que no directamente, la sociedad te lo está diciendo indirectamente y tu cerebro se ocupa de que lo tengas bien claro. Y así hasta los 19 o 20, donde acepté mi cuerpo tal y como era, y acepté el hecho que por muchas dietas y deporte que yo hiciera mi cuerpo no cambiaría -pensamiento que tampoco es del todo correcto, mejor dicho me resigné–. Y ahora, una vez aceptada mi libertad para vestir como quiera, cuando me pongo un vestido y me arreglo más de lo que está acostumbrada la gente, la pregunta es "has quedado con un chico?". Es decir, que ¿ahora que he llegado a la edad de las relaciones amorosas y sexuales, llevar vestido o arreglarse se hace por los demás? No, no he quedado con un chico. O quizás sí. O quizás con una chica. Pero y ¿qué? No tenemos que hacer y deshacer por cómo nos quieran los demás, sino por cómo nos queramos nosotras mismas. Seguro que todas dirán "yo soy consciente de ello, y hago las cosas para mí". Pues no dejes que las otras te hagan este tipo de preguntas, ni las hagas tú, porque esto también es machismo.


Fotografía propia. Modelo: Nicol. Localización: Estany de Banyoles. Año: 2017.


Recordad que podéis desahogaros en los comentarios o en el foro. ¿Habéis vivido situaciones similares que os hayan fabricado esta presión mental? ¡Nos leemos pronto! 😉


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